El Parque Roca lleva pocos años de vida, pero la mística ya se instaló. Vino la República Checa, vino Suecia, vino Australia, vino Gran Bretaña y vino Suecia otra vez. Todos se fueron con las manos vacías.
Pero la mística va más allá de la buena racha de local. Es en este estadio donde la gente pone el calor cuando no lo hay, donde el aliento está aunque la pelota pique afuera, donde la gente no es o de Independiente, o de River, o de Boca, sino de Argentina, donde a David Nalbandián se lo vio llorar por primera vez en un court.
Este año copero se caracteriza por la posibilidad de ser locales las cuatro rondas. Los beneficios que esto trae no son solo la elección de superficie, sino también el público, la necesidad que tienen los tenistas de sentirse en casa.
Todo esto ayudó a David para sacar adelante un partido complicado. Es un dicho popular que el camino sinuoso es el que lleva a lo mejor. Cinco sets, más de cuatro horas de nerviosismo, ansiedad y expectativa. Todo para cerrar la serie y tomarse revancha de lo ocurrido en 2007.
La Copa Davis es una cuenta pendiente para un país donde el fútbol y el rugby ocuparon un lugar en el corazón de cada argentino. Ya se estuvo a un partido en 2006, pero con eso no alcanza, la gloria no lo es sino en su totalidad. La ensaladera es algo sumamente aspirable, casi todas las semanas hay un argentino en el top ten del ranking mundial de la ATP.
Ya pasaron Gran Bretaña y Suecia. Para que pase un rival en la final, este tendría que ser España o EEUU. Es preferible enfrentar en polvo de ladrillo a Roddick que a Nadal. Pero todavía falta. Primero que se venga Rusia.

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