jueves, 17 de abril de 2008

LA ESFINGE A LAS TRES DE LA TARDE

El faraón Kefrén estaba asombrado. Sus ojos, pesados por la falta de sueño, estaban fijos, no se movían de ahí. Ni siquiera las flamantes pirámides al fondo le desviaban la atención. No era exactamente un retrato suyo, pero la similitud era suficiente como para quien la viera se acordara de él.
La esfinge reverberaba el sol vespertino casi con la misma intensidad que lo solía hacer el escudo dinástico guardado celosamente en sus aposentos. La vista de esos ojos inertes iba en dirección hacia el Mar Rojo en el horizonte del este. Era la hora de la siesta y la ansiedad lo había desvelado la noche anterior, pero la emoción que merecía semejante evento y el asombro lo mantenían erguido frente a su monumento, en la previa de la inauguración.
Nadie la había visto. Para todos ésta iba a ser la primera vez. El gran retazo de tela ya estaba siendo colocado por encima de la estatua para que los que iban llegando no dieran un golpe de vista antes de tiempo. Faltaban cinco minutos para las tres de la tarde, la hora prevista para el inicio. Ya debajo del manto, el monumento le daba la espalda al sol que encandilaba los verdes ojos del faraón. La gente poco a poco iba llegando.
Kefrén cada tanto se daba vuelta para darle un vistazo a la concurrencia que era cada vez mayor, lo que automáticamente era seguido por la reverencia de todos los presentes. Semejante actitud no era de su preferencia. Prefería caracterizarse por el perfil bajo y la modestia que eran tan admirados por su pueblo y lo unían tanto a él, aunque esto no lo desviaba necesariamente de la posición privilegiada de liderazgo que ocupaba.
La sombra del reloj de sol apuntaba al sur: eran las tres de la tarde. No había una sola alma que no estuviera ahí. Ya era la hora. Kefrén no quería esperar más. Su consejero se le aproximó: “es inevitable causar la solicitud de un rendimiento improvisado”. El faraón no comprendía; dudaba de la cordura de su ya nonagenario ayudante.
Cuatro sirvientes ya se ubicaban en posición. Cada uno agarraría una punta del manto. Kefrén no los conocía, casi se podría decir que los veía por primera vez. Cientos y cientos eran los que lo ayudaban con los quehaceres diarios; era de entender que algunos le fuesen desconocidos o poco vistos. Pero había uno en particular. Uno que sí había reconocido, aunque no en el ámbito servicial. Si su memoria no le fallaba, a Trefkán lo había visto domar una cobra con la mirada y desaparecer momentáneamente una de las pirámides en un espectáculo por el primer día de la cosecha dos semanas atrás. Sostenía la punta que daba al sur. Era el único incapaz de darle un vistazo a las pirámides: el gran bulto a su izquierda se lo impedía.
Kefrén le devolvía la mirada y lo que creyó ser una leve sonrisa. Ante la orden del faraón y con una excelente coordinación, el manto fue retirado. Todos quedaron asombrados por la belleza que percibían sus miradas. Era, simplemente, la perfección hecha arquitectura. La intensidad del sol lo hacía más evidente.
Kefrén entendió el qué, no el cómo, aunque el misterio lo tentaba hacia la fantasía donde prefería quedarse. Ahora miraba fijamente y de frente a esos ojos de piedra que, aunque inertes, sabían apuntar al sur. Seguramente, él fue el único enterado de lo ocurrido; fue el único que le presto atención a la esfinge antes de que el manto la ocultara del sol. No, había alguien más. Alguien que no sólo entendía el qué sino también el cómo. Justo pasaba caminando al lado suyo mientras pensaba en él. Intercambiaron otra sonrisa cómplice. Kefrén unió sus palmas en tres aplausos, Trefkán asintió agradecido.
Las pirámides necesitaban un guardián, por lo que se concretó la llegada de la esfinge a las tres de la tarde.

1 comentario:

Elu dijo...

Gui,
En vísperas de Pesaj, la festividad que celebra la liberación de los judíos de Egipto, me resulta un poco chocante leer este cuento donde se cuenta la realidad desde el punto de vista del faraón. Detrás de esas pirámides hay una historia muy dura. Sé que tu esfinge es ficticia, pero no pude evitar relacionarlo con lo que simboliza Pesaj que es el pasaje de la esclavitud a la libertad.
Por cierto, es casual que siempre los títulos sean la última frase del cuento?